Frutos de una oración Testimonio Mi nombre es Nilda Dávila Bocachica, y hoy quiero narrarles parte, no de una historia, sino mas bien de lo que fue mi vida y mi mayor anhelo. Como una de tantas mujeres me enamoré de un hombre y me fui a convivir con él; aunque crecí bajo la doctrina de la Iglesia Católica, para entender y asumir el error que estaba cometiendo faltaba a mi vida ese encuentro más íntimo con el Señor que me diera la voluntad y la fuerza para enmendar y buscar la bendición para esa unión. Y no fue una gracia que llegó temprano a mi vida, pero sí cuando aprendí que la oración siempre es escuchada por Dios. El hombre que elegí como compañero había sido criado dentro de otra religión, por lo que no era bautizado; tampoco practicaba su fe, circunstancias que entre la llegada de los hijos y el vicio del alcohol lo condujeron a ser un hombre maltratante. Sin embargo, nunca pasó por mi mente la intención de abandonarle, sino de ayudarle a que su alma no se perdiera. El siempre supo que mi deseo más profundo era casarme proponiéndome varias veces que lo hiciéramos por el Juez, pero yo quería algo más que un certificado matrimonial… ¡Mi alma tenía hambre y sed de Cristo! Me acercaba a la Iglesia, y contemplar los matrimonios que acudían a recibir el cuerpo de Cristo ocasionaba en mí un mar de lágrimas. Eso era lo que quería, lo que ansiaba al extremo de sentir un dolor profundo por tener que quedarme en la inacción. Un día escuché el llamado que hiciera una hermana de la Iglesia a asistir a un grupo de oración, lo que despertó mi curiosidad puesto que no sabía de qué se trataba. Al asistir supe de inmediato que una puerta se me estaba abriendo para alcanzar la madurez espiritual que antes no conocí: mi hambre y sed de Cristo se acrecentaron, pero la oración fungió como columnas que me ayudaron a sostenerme y a esperar en el Señor. Con más fervor le presenté al Señor mi situación confiando que El me daría la respuesta justo en su momento. Continué perseverando en los grupos de oración por espacio de dos años, y en ese lapso de tiempo mi pareja sufrió graves problemas de salud que lo limitaron físicamente en sus actividades cotidianas. Entendí que nos enfrentaríamos a una serie de cambios en muchos aspectos, pero el que a mí me importaba era la condición de su alma. Lo animé en todo tiempo a que despertara su fe, a que volviera su vida y su corazón a Dios, motivándolo por medio de grupos de oración llevados al hogar para que experimentara la Presencia del Señor… ¡y esperé! Una mañana despertó y me dijo: “Nilda, entrevístate con el sacerdote para ver qué puede hacer por nosotros”. Supe que había llegado el momento, rápidamente me alisté y fui donde el sacerdote, el que diligentemente envió a mi hogar a una catequista a ofrecerle la formación pertinente para que pudiera recibir los sacramentos de la Iglesia, claro está, incluyendo ¡nuestro matrimonio! Nos casamos el 14 de noviembre de 2009, en una ceremonia sencilla, donde faltaron invitados, flores, y el traje de novia, pero estuvo presente la persona que yo quería… ¡Cristo! No tengo palabras para describir ese momento por el que esperé durante 35 años que convivimos, mas con mi testimonio le ofrezco a todas aquellas parejas que conviven sin el sacramento del matrimonio los frutos de una oración para que se animen y se atrevan a vencer los obstáculos que tengan en sus vidas. La salud de ahora mi esposo ha mejorado considerablemente, mi hogar ha sido bendecido de incontables maneras, y ambos recibimos el cuerpo de Cristo. Mis lágrimas ya no son de tristeza, el cielo ha recuperado a un hijo por el bautismo de mi esposo y como matrimonio bendecido por la Iglesia, la salvación de nuestras almas… ¡Frutos de una oración! Villalba, Puerto Rico |